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La existencia de Alexander Selkirk en Juan Fernández
está rodeada de misterio, de la soledad y del silencio
que voluntariamente eligió en los mejores años
de su vida para vivir sus horas de ermitaño. El mismo
Selkirk contaba que su primera impresión cuando vio
alejarse el bote que lo dejaba solo en aquella isla , fue
presa del pánico y pedía a gritos a los remeros
que volvieran por él, pero ya era tarde.
Al principio, le embargó una melancolía incurable,
y en vez de preocuparse de su alimentación, pasaba
los días en el morro que hoy se llama "El Mirador
de Selkirk". El Solitario contemplaba el ancho e
inmenso océano, infinito y eternamente mudo, excepto
en las horas de tormenta.
Su espíritu se reconfortó en la lectura de la
Biblia, y el abandonado, que había elegido por libre
albedrío aquella morada, se conformó a su destino
y a las necesidades de su nueva existencia.
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Al igual que su predecesor, el indio Will,
Selkirk construyó dos cabañas en el bosque
de sándalo, cubriéndolas con junquillo y
forrándolas con piel de cabras. Una le servía
para dormir, cantando salmos y rezando, mientras cocinaba
en la más pequeña. El marinero se hizo cazador,
y cuando se agotaron sus escasas provisiones, perseguía
a las ágiles cabras a la carrera. Debido al ejercicio
continuado se hizo tan veloz, que corría a través
de los bosques y las colinas con una rapidez increíble.
Un día, su agilidad le salvó la vida. Perseguía
a una cabra, alcanzándola sobre el borde de un
precipicio, cuando ráfagas de viento lo botaron,
rodando de alto abajo con su presa. Perdió el conocimiento
y, vuelto en sí, encontró la cabra muerta
bajo su cuerpo. Por el golpe sufrido, tuvo que arrastrarse
hasta su cabaña, donde llegó al cabo de
diez días. |
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Mató el marinero
escocés alrededor de quinientos chivos y marcó
a otros en la oreja, según su propia contabilidad. Los
pies de Selkirk, acostumbrados a los riscos, se habían
encallecido de tal manera, que durante mucho tiempo después
de su vuelta a la vida civilizada, rehusó ponerse zapatos.
El Solitario inventó un primitivo paraguas. En los grabados
de la época aparece cubriéndose de las frecuentes
y torrenciales lluvias con una gigantesca hoja de la planta
llamada "Pangue" que subsiste en las laderas
elevadas de los cerros, y en la Plazoleta del Yunque.
Un clavo sacado de la tablazón de un buque le sirvió
para su ruda costura y de la túnica que usaba, como los
patagones, con el pelo hacia dentro. Del mismo material se había
fabricado un gorro de cónica - el gorro de Robinson -
y unas camisas con la burda de una tela de los marinos.
La única plaga que perseguía al marinero de la
ciudad de "Largo" era la de los ratones, peste
maldita de aquella isla. El solitario crió con carne
sobrante a varias decenas de gatos. que cuidaron su morada del
ataque de los voraces roedores. |
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Conforme a la Inventiva de Robinson, que es copia fiel
del natural, Selkirk domesticaba cabras para su leche,
enseñándoles, junto a los gatos, mil maniobras,
cantos y bailes, que le servían de grato pasatiempo.
El abandonado ocupaba las horas en grabar su nombre en
los árboles, con la fecha de su exilio; pero, hecho
extraño, sus mayores precauciones en el aislamiento
eran tomadas contra los navíos que iban a turbar
aquella soledad.
Cada vez que divisaba un barco hispánico rumbo
a la isla, corría a ocultarse a lo mas espeso del
bosque. durante su estadía pasaron varios por su
costa, y apenas desembarcados los españoles lo
perseguían a balazos. Selkirk se salvaba trepándose
a los coposos árboles.
Los soldados rondaban largas horas por los alrededores,
y mataban numerosas cabras bajo sus asustados ojos. |
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El marino escocés - prefería exponerse a morir
en esa isla que caer en manos de los españoles, que
lo habrían matado o condenado a trabajo forzado en
cautiverio, en la creencia que, por sus conocimientos de esos
parajes, podía ayudar a los filibusteros ingleses a
alcanzar el Mar del Sur.
Pasó Selkirk de esta manera el verano de 1704 y los
años de 1705, 1706, 1707 y 1708. Llevaba un curioso
almanaque, escrito con su hacha en la corteza de los árboles.
Cuatro años y cuatro meses de soledad, cuando una mañana,
al sur a su empinado observatorio marítimo, divisó
en el lejano horizonte, una nave que venía del Sur.
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Al finalizar 1708 doblaba el cabo de Hornos una nueva expedición
inglesa, que el 31 de enero de 1709 se encontraba a la vista
de la isla Juan Fernández. Unos comerciantes la habían
organizado en Bristol al mando del capitán Woodes Rogers,
marino poco conocido todavía. Piloto de la expedición
fue designado el célebre William Dampier. En Juan Fernández,
al divisar una luz cerca de la playa, creyeron encontrar a
los navíos franceses contra los cuales debían
combatir, o bien que los españoles habían destacado
alguna guarnición en la isla.
Estaba la expedición salvadora compuesta de dos buques:
EI "Duke" y "La Duchesse",
y venía como segundo el navegante Eduard Cook. El relato
de este rescate, realizado a la manera de los antiguos marineros
en diario o bitácora de viaje, por el propio capitán
Rogers y por Eduard Cook, no deja dudas que Alexander Selkirk
fue el único y verdadero Robinson Crusoe, y su isla
la de Juan Fernández.
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En la noche - escribió Rogers - vimos una luz
en la ribera, y en la incertidumbre si era nuestra embarcación
que habíamos mandado a tierra, alumbramos con
nuestros faroles para servirle de guía y disparamos
un cañonazo y salvas de mosquetes. Al día
siguiente enviamos de nuevo nuestra chalupa a tierra,
a cargo del capitán Dover y el teniente Frye.
Como tardara en regresar, creímos que los españoles
tenían una guarnición en la isla de modo
que "La Duchesse" enarboló el
pabellón de Francia, para confundirlos.
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Poco después,
el bote regresó con un hombre vestido de piel de cabras,
que parecía más salvaje que los animales.
Alexander Selkirk fue conducido a bordo con resistencia de su
parte, que no quería volver a encontrarse con ciertos
antiguos conocidos. Sólo cuando le prometieron que lo
restituirían a la isla si lo solicitaba, consintió
en dejar aquel peñón. Mientras William Dampier,
que venía en aquella flota como piloto, manifestaba al
capitán Rogers que Selkirk había sido bajo su
mando el mejor hombre, era precisamente a Dampier, su antiguo
jefe, a quien el selvático marino no quería encontrar
por el temor de volver a servir bajo sus órdenes. |
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Decidido
a ocupar su antiguo puesto de contramaestre con el caballeroso
Woodes Rogers, Selkirk festejó a sus compatriotas,
regalándoles sabrosos asados que comieron con delicia,
invitándolos a su choza. Un solo oficial, el teniente
Frye, se atrevió a subir los desfiladeros que a
ella conducían, y de su ubicación trajo
una prolija descripción a sus compañeros.
El 14 de Febrero de ese mismo año, partieron "El
Duke" y "La Duchesse
de Juan Fernández, llevando en su cubierta al apesadumbrado
solitario, quien, por última vez, se despedía
de su amada silueta a medida que el navío se alejaba
de la isla. |
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Dos meses después partió desde el Callao, rumbo
a Juan Fernández, en el "Santo Cristo de León",
al mando del capitán Jorge Flores, enviado por el virrey
del Perú para descubrir la flota inglesa en el Mar
del Sur.
La expedición del capitán Rogers se dirigió
a las costas del Perú y México, donde aprehendieron
el galeón de Acapulco y Manila "Nuestra Señora
de la Encarnación" ricamente cargada de sederías
de China, de las que llevaba mil fardos y noventa mil piezas
de plata.
El corsario inglés capturó otros navíos,
sosteniendo rudos combates en que resultó dos veces
herido, donde peleó también el recatado Selkirk.
En su diario asegura Rogers que, en uno de los barcos tomados
a los españoles, encontró quinientos fardos
de bulas y treinta toneladas de rosarios y de huesos de santos,
quintales de reliquias en una sola remesa.
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Enriqueciéndose los
corsarios, y poniendo a Guayaquil al rescate, prosiguieron
su crucero a Batavia, llegando al Támesis, después
de dar la vuelta al mundo, en octubre de 1711, cargados,
como Drake, de tesoros y pudiendo desplegar, en vez de
toscas lonas, velamen de ricas sedas.
Selkirk, ausente de su hogar hacía ocho aņos, se
dirigió apenas pisó tierra inglesa a su
nativa aldea de Largo, ricamente vestido por sus cuatro
mil pesos de renta ganados de sus correrías corsarias.
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Era un domingo primaveral
de 1712, y el fugitivo de Largo encontró su casa paterna
cerrada, porque su devota familia se encontraba a esas horas
en la iglesia, donde su madre fue la primera en reconocerlo
echándole, con emoción, sus brazos al cuello.
Por un tiempo llevó Selkirk una vida tranquila en su
pueblo, retraído de la gente. La leyenda dice que reprodujo
en una colina frente al mar dos cabaņas iguales a las de la
aventura en la lejana isla del Pacífico. Más tarde
conoció a una hermosa pastora, Sofía Bruce, con
quien se fugó a Londres para casarse, y a quien abandonó
en la capital inglesa. Años después contrajo segundas
nupcias con Francisca Candis.
Selkirk no logró reintegrarse a la civilización.
Su sed de aventuras lo embarcaron en la Marina Real en calidad
de teniente, falleciendo en 1723, a la edad de 47 años,
a bordo del "Weymouth", que se encontraba frente
a las costas de África. |
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La aventura
que Selkirk había vivido en la solitaria isla de
los Mares del Sur lo convirtieron en un personaje célebre
de su época. Dice la leyenda que una noche, junto
al calor de unas copas en una taberna londinense, habría
relatado su extraordinaria hazaña al inspirado
Daniel Defoe, quién concibió su literario
Robinson. En el museo de Edimburgo se conserva su caja
de marino, su copa de concha y su vaso, en el cual toscamente
esculpió con su navaja esta simbólica leyenda:
" Alexander Selkirk, éste es mi vaso, y
cuando me llevéis a bordo llenádmelo de
ponche o vino".
Hace años, cineastas australianos e ingleses
filmaron en las costas de Juan Fernández , el documental
"El verdadero Robinson Crusoe", una de
las más fidedignas realizaciones sobre la vida
del marinero escocés y su epopeya universal.
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El productor australiano Edwin Morrisby contaba que, filmando
en la casa natal de Selkirk, en la ciudad de Largo, el reencuentro
de éste con sus parientes, tuvo la sorpresa de encontrar
en ese pequeño pueblo de escocia descendientes colaterales
del náufrago Solitario, quién no tuvo hijos,
a pesar de sus dos matrimonios y turbulenta vida.
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Ciento cincuenta
años después de la permanencia del solitario
escocés en Juan Fernández, recibió
el merecido reconocimiento de los marinos de su patria.
En Enero de 1868 el comodoro Powell, que mandaba la fragata
"Topaze", en aguas del pacífico,
mandó a fundir en Valparaíso, en una sólida
plancha de bronce una inscripción en relieve.
Con ésta, se dirigieron los oficiales ingleses
al peñón oceánico, subiendo al empinado
flanco del monte, que en los declives del Yunque denominan
los marineros "El Mirador de Selkirk".
Los oficiales británicos clavaron la inscripción
conmemorativa en ese lugar, ubicado a una hora del poblado
San Juan Bautista.
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Todo visitante a la
isla, ascendiendo hasta ese lugar, puede apreciarla, leyendo
en ella, lo que en inglés esta escrito:
"En memoria del marinero Alexander Selkirk, natural de
Largo, en el condado de Fife, escocia, quien vivió
en esta isla en completa soledad, cuatro años y cuatro
meses.
Fue desembarcado del buque "Cinque Ports", de 96
toneladas y 16 cañones, en 1704, y fue rescatado por
"El Duque", corsario, el 12 de Febrero de 1709.
Murió en calidad de teniente de marina de S.M.B., en
el "Weymouth", en 1723, de edad de 47 años.
Esta plancha ha sido colocada cerca del mirador de selkirk,
por el comodoro Powell y los oficiales de S.M.B. "Topaze",
en 1868".
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Los escritos de esta sección
llamada "La historia de...", fueron extraídos
de los resúmenes basados en libros y artículos
del archipiélago de Juan Fernández y documentos
recopilados por años por don Victorio Bertullo Mancilla,
Profesor e Historiador y actual Director de la Casa de la
Cultura de Juan Fernández.
La adaptación de los textos y edición del material,
estuvo a cargo de la Sra. Mayling Ayala Araya, Publicista. |
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