Es en esta isla del Pacífico donde fue inspirado el personaje de Robinson Crusoe, encarnado por Alejandro Selkirk, una historia real de soledad, que duró cuatro años y cuatro meses.

Conoce al verdadero Robinson: Alejandro Selkirk.

 

La existencia de Alexander Selkirk en Juan Fernández está rodeada de misterio, de la soledad y del silencio que voluntariamente eligió en los mejores años de su vida para vivir sus horas de ermitaño. El mismo Selkirk contaba que su primera impresión cuando vio alejarse el bote que lo dejaba solo en aquella isla , fue presa del pánico y pedía a gritos a los remeros que volvieran por él, pero ya era tarde.
Al principio, le embargó una melancolía incurable, y en vez de preocuparse de su alimentación, pasaba los días en el morro que hoy se llama "El Mirador de Selkirk". El Solitario contemplaba el ancho e inmenso océano, infinito y eternamente mudo, excepto en las horas de tormenta.
Su espíritu se reconfortó en la lectura de la Biblia, y el abandonado, que había elegido por libre albedrío aquella morada, se conformó a su destino y a las necesidades de su nueva existencia.

Al igual que su predecesor, el indio Will, Selkirk construyó dos cabañas en el bosque de sándalo, cubriéndolas con junquillo y forrándolas con piel de cabras. Una le servía para dormir, cantando salmos y rezando, mientras cocinaba en la más pequeña. El marinero se hizo cazador, y cuando se agotaron sus escasas provisiones, perseguía a las ágiles cabras a la carrera. Debido al ejercicio continuado se hizo tan veloz, que corría a través de los bosques y las colinas con una rapidez increíble.
Un día, su agilidad le salvó la vida. Perseguía a una cabra, alcanzándola sobre el borde de un precipicio, cuando ráfagas de viento lo botaron, rodando de alto abajo con su presa. Perdió el conocimiento y, vuelto en sí, encontró la cabra muerta bajo su cuerpo. Por el golpe sufrido, tuvo que arrastrarse hasta su cabaña, donde llegó al cabo de diez días.
Mató el marinero escocés alrededor de quinientos chivos y marcó a otros en la oreja, según su propia contabilidad. Los pies de Selkirk, acostumbrados a los riscos, se habían encallecido de tal manera, que durante mucho tiempo después de su vuelta a la vida civilizada, rehusó ponerse zapatos.
El Solitario inventó un primitivo paraguas. En los grabados de la época aparece cubriéndose de las frecuentes y torrenciales lluvias con una gigantesca hoja de la planta llamada "Pangue" que subsiste en las laderas elevadas de los cerros, y en la Plazoleta del Yunque.
Un clavo sacado de la tablazón de un buque le sirvió para su ruda costura y de la túnica que usaba, como los patagones, con el pelo hacia dentro. Del mismo material se había fabricado un gorro de cónica - el gorro de Robinson - y unas camisas con la burda de una tela de los marinos.
La única plaga que perseguía al marinero de la ciudad de "Largo" era la de los ratones, peste maldita de aquella isla. El solitario crió con carne sobrante a varias decenas de gatos. que cuidaron su morada del ataque de los voraces roedores.
Conforme a la Inventiva de Robinson, que es copia fiel del natural, Selkirk domesticaba cabras para su leche, enseñándoles, junto a los gatos, mil maniobras, cantos y bailes, que le servían de grato pasatiempo.
El abandonado ocupaba las horas en grabar su nombre en los árboles, con la fecha de su exilio; pero, hecho extraño, sus mayores precauciones en el aislamiento eran tomadas contra los navíos que iban a turbar aquella soledad.
Cada vez que divisaba un barco hispánico rumbo a la isla, corría a ocultarse a lo mas espeso del bosque. durante su estadía pasaron varios por su costa, y apenas desembarcados los españoles lo perseguían a balazos. Selkirk se salvaba trepándose a los coposos árboles.
Los soldados rondaban largas horas por los alrededores, y mataban numerosas cabras bajo sus asustados ojos.

El marino escocés - prefería exponerse a morir en esa isla que caer en manos de los españoles, que lo habrían matado o condenado a trabajo forzado en cautiverio, en la creencia que, por sus conocimientos de esos parajes, podía ayudar a los filibusteros ingleses a alcanzar el Mar del Sur.
Pasó Selkirk de esta manera el verano de 1704 y los años de 1705, 1706, 1707 y 1708. Llevaba un curioso almanaque, escrito con su hacha en la corteza de los árboles. Cuatro años y cuatro meses de soledad, cuando una mañana, al sur a su empinado observatorio marítimo, divisó en el lejano horizonte, una nave que venía del Sur.

 

Rescate al Solitario

Al finalizar 1708 doblaba el cabo de Hornos una nueva expedición inglesa, que el 31 de enero de 1709 se encontraba a la vista de la isla Juan Fernández. Unos comerciantes la habían organizado en Bristol al mando del capitán Woodes Rogers, marino poco conocido todavía. Piloto de la expedición fue designado el célebre William Dampier. En Juan Fernández, al divisar una luz cerca de la playa, creyeron encontrar a los navíos franceses contra los cuales debían combatir, o bien que los españoles habían destacado alguna guarnición en la isla.
Estaba la expedición salvadora compuesta de dos buques: EI "Duke" y "La Duchesse", y venía como segundo el navegante Eduard Cook. El relato de este rescate, realizado a la manera de los antiguos marineros en diario o bitácora de viaje, por el propio capitán Rogers y por Eduard Cook, no deja dudas que Alexander Selkirk fue el único y verdadero Robinson Crusoe, y su isla la de Juan Fernández.

En la noche - escribió Rogers - vimos una luz en la ribera, y en la incertidumbre si era nuestra embarcación que habíamos mandado a tierra, alumbramos con nuestros faroles para servirle de guía y disparamos un cañonazo y salvas de mosquetes. Al día siguiente enviamos de nuevo nuestra chalupa a tierra, a cargo del capitán Dover y el teniente Frye.
Como tardara en regresar, creímos que los españoles tenían una guarnición en la isla de modo que "La Duchesse" enarboló el pabellón de Francia, para confundirlos.

Poco después, el bote regresó con un hombre vestido de piel de cabras, que parecía más salvaje que los animales.
Alexander Selkirk fue conducido a bordo con resistencia de su parte, que no quería volver a encontrarse con ciertos antiguos conocidos. Sólo cuando le prometieron que lo restituirían a la isla si lo solicitaba, consintió en dejar aquel peñón. Mientras William Dampier, que venía en aquella flota como piloto, manifestaba al capitán Rogers que Selkirk había sido bajo su mando el mejor hombre, era precisamente a Dampier, su antiguo jefe, a quien el selvático marino no quería encontrar por el temor de volver a servir bajo sus órdenes.
Decidido a ocupar su antiguo puesto de contramaestre con el caballeroso Woodes Rogers, Selkirk festejó a sus compatriotas, regalándoles sabrosos asados que comieron con delicia, invitándolos a su choza. Un solo oficial, el teniente Frye, se atrevió a subir los desfiladeros que a ella conducían, y de su ubicación trajo una prolija descripción a sus compañeros. El 14 de Febrero de ese mismo año, partieron "El Duke" y "La Duchesse de Juan Fernández, llevando en su cubierta al apesadumbrado solitario, quien, por última vez, se despedía de su amada silueta a medida que el navío se alejaba de la isla.

 

Regreso a Casa

Dos meses después partió desde el Callao, rumbo a Juan Fernández, en el "Santo Cristo de León", al mando del capitán Jorge Flores, enviado por el virrey del Perú para descubrir la flota inglesa en el Mar del Sur.
La expedición del capitán Rogers se dirigió a las costas del Perú y México, donde aprehendieron el galeón de Acapulco y Manila "Nuestra Señora de la Encarnación" ricamente cargada de sederías de China, de las que llevaba mil fardos y noventa mil piezas de plata.
El corsario inglés capturó otros navíos, sosteniendo rudos combates en que resultó dos veces herido, donde peleó también el recatado Selkirk. En su diario asegura Rogers que, en uno de los barcos tomados a los españoles, encontró quinientos fardos de bulas y treinta toneladas de rosarios y de huesos de santos, quintales de reliquias en una sola remesa.

Enriqueciéndose los corsarios, y poniendo a Guayaquil al rescate, prosiguieron su crucero a Batavia, llegando al Támesis, después de dar la vuelta al mundo, en octubre de 1711, cargados, como Drake, de tesoros y pudiendo desplegar, en vez de toscas lonas, velamen de ricas sedas.
Selkirk, ausente de su hogar hacía ocho aņos, se dirigió apenas pisó tierra inglesa a su nativa aldea de Largo, ricamente vestido por sus cuatro mil pesos de renta ganados de sus correrías corsarias.
Era un domingo primaveral de 1712, y el fugitivo de Largo encontró su casa paterna cerrada, porque su devota familia se encontraba a esas horas en la iglesia, donde su madre fue la primera en reconocerlo echándole, con emoción, sus brazos al cuello.
Por un tiempo llevó Selkirk una vida tranquila en su pueblo, retraído de la gente. La leyenda dice que reprodujo en una colina frente al mar dos cabaņas iguales a las de la aventura en la lejana isla del Pacífico. Más tarde conoció a una hermosa pastora, Sofía Bruce, con quien se fugó a Londres para casarse, y a quien abandonó en la capital inglesa. Años después contrajo segundas nupcias con Francisca Candis.
Selkirk no logró reintegrarse a la civilización. Su sed de aventuras lo embarcaron en la Marina Real en calidad de teniente, falleciendo en 1723, a la edad de 47 años, a bordo del "Weymouth", que se encontraba frente a las costas de África.
La aventura que Selkirk había vivido en la solitaria isla de los Mares del Sur lo convirtieron en un personaje célebre de su época. Dice la leyenda que una noche, junto al calor de unas copas en una taberna londinense, habría relatado su extraordinaria hazaña al inspirado Daniel Defoe, quién concibió su literario Robinson. En el museo de Edimburgo se conserva su caja de marino, su copa de concha y su vaso, en el cual toscamente esculpió con su navaja esta simbólica leyenda: " Alexander Selkirk, éste es mi vaso, y cuando me llevéis a bordo llenádmelo de ponche o vino".
Hace años, cineastas australianos e ingleses filmaron en las costas de Juan Fernández , el documental "El verdadero Robinson Crusoe", una de las más fidedignas realizaciones sobre la vida del marinero escocés y su epopeya universal.

El productor australiano Edwin Morrisby contaba que, filmando en la casa natal de Selkirk, en la ciudad de Largo, el reencuentro de éste con sus parientes, tuvo la sorpresa de encontrar en ese pequeño pueblo de escocia descendientes colaterales del náufrago Solitario, quién no tuvo hijos, a pesar de sus dos matrimonios y turbulenta vida.

Homenaje Póstumo


Ciento cincuenta años después de la permanencia del solitario escocés en Juan Fernández, recibió el merecido reconocimiento de los marinos de su patria. En Enero de 1868 el comodoro Powell, que mandaba la fragata "Topaze", en aguas del pacífico, mandó a fundir en Valparaíso, en una sólida plancha de bronce una inscripción en relieve.
Con ésta, se dirigieron los oficiales ingleses al peñón oceánico, subiendo al empinado flanco del monte, que en los declives del Yunque denominan los marineros "El Mirador de Selkirk".
Los oficiales británicos clavaron la inscripción conmemorativa en ese lugar, ubicado a una hora del poblado San Juan Bautista.
Todo visitante a la isla, ascendiendo hasta ese lugar, puede apreciarla, leyendo en ella, lo que en inglés esta escrito:

"En memoria del marinero Alexander Selkirk, natural de Largo, en el condado de Fife, escocia, quien vivió en esta isla en completa soledad, cuatro años y cuatro meses.
Fue desembarcado del buque "Cinque Ports", de 96 toneladas y 16 cañones, en 1704, y fue rescatado por "El Duque", corsario, el 12 de Febrero de 1709.
Murió en calidad de teniente de marina de S.M.B., en el "Weymouth", en 1723, de edad de 47 años.
Esta plancha ha sido colocada cerca del mirador de selkirk, por el comodoro Powell y los oficiales de S.M.B. "Topaze", en 1868".
 
Los escritos de esta sección llamada "La historia de...", fueron extraídos de los resúmenes basados en libros y artículos del archipiélago de Juan Fernández y documentos recopilados por años por don Victorio Bertullo Mancilla, Profesor e Historiador y actual Director de la Casa de la Cultura de Juan Fernández.
La adaptación de los textos y edición del material, estuvo a cargo de la Sra. Mayling Ayala Araya, Publicista.
 
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